Lástima que terminó… el Festival de hoy

José Acevedo

Ya se acabó el LPA Film Festival de este año. Aunque no pude asistir a tantas películas como me hubiese gustado, creo que la de este año ha sido una buena edición (no digo que la de años anteriores no lo haya sido). Se han visto películas interesantes y el público ha respondido bastante bien. Al menos esa es mi percepción (no sé lo que dirán las cifras). Cuando yo asistí, las salas estaban prácticamente llenas, y con un público variado que parecía disfrutar de las películas que se habían programado. Al menos de muchas de ellas (siempre hay excepciones). Con la bancarrota del cine de Hollywood, cada vez son más los que interesan por otras cinematografías y por otras propuestas.

El Festival tiene cierta fama (quizás merecida, quizás incluso buscada) de ser un evento para la exhibición de películas raras, formalmente radicales, incomprensibles para la mayoría de la gente, accesibles a una minoría muy minoritaria. Sin embargo, en esta edición (no digo que la de años anteriores sí que lo haya sido) no creo que esa haya sido la tónica dominante. De hecho se proyectaron películas que ofrecían interesantes reflexiones en un lenguaje perfectamente comprensible para cualquiera. Son, por ejemplo, los casos de la última del finlandés Kaurismaki (El otro lado de la esperanza), la japonesa Harmonium (de Kôji Fukada) o el ensayo documental I am not your negro (de Raoul Peck), todas ellas de la sección oficial.

[Un minuto de gloria]

De la sección Panorama sólo pude ver dos: la búlgara Un minuto de gloria, de Kristina Grozeva y Petar Valchanov (directores de la magnífica The Lesson), resultó interesante, amena y formalmente accesible. Distinta fue la alemana Austerlitz, de Sergei Loznitsa, en la que se denuncia la mercantilización para el turismo de masas de los campos de concentración nazis. Hubo gente que no la aguantó. Incluso se escuchó a alguien comentar que era la peor película que había visto en toda su vida. No obstante, si uno tiene un poco de paciencia y tranquilidad y no está muy cansado, la película ofrece un interés indudable. De hecho, creo que Austerlitz es una de esas películas que no se pueden olvidar. En el buen sentido. El plano final, donde se ve a los turistas salir sonrientes del campo de concentración, me resultó demoledor.
Y seguramente no fue Austerlitz la única peli “dura” de este Festival. Pero de todo tiene que haber. Y de todo hubo. Personalmente, creo que se proyectaron películas que valían mucho la pena. Además de las que he mencionado antes, me gustó mucho Yoyo, del francés Etaix (1965), que se incluyó en la sección Iosseliani y Compañía. Me interesaron también, especialmente —por la historia que narran—The vanished dream, de Juan S. Betancor, que se llevó el Richard Leacock al mejor
largo canario; y La forma del mundo, de David Delgado San Ginés.

No obstante –y siendo sincero- he de decir que ninguno de los largometrajes que vi me llegó a emocionar realmente. A diferencia de lo que me sucedió con los cortos. En este caso pude verlos todos (oficiales y canarios); y hubo varios que sí que me impactaron. La australiana Slapper, de Luci Schroder; la croata The beast, de Miroslav Sikavica y la canaria Sub Terrae, de Nayra Sanz, que competía en la sección Canarias Cinema, en parte —supongo— porque la ausencia de nominación en algún prestigioso festival europeo dificultaba el acceso a una sección oficial excesivamente dependiente del reconocimiento previo (en mi opinión, Sub Terrae no hubiese desentonado lo más mínimo en esa sección).

[The beast]

Distinto fue el caso del también canario David Pantaleón, avalado por la selección en Róterdam, que pudo competir —y ganar—la sección oficial de cortos con El becerro pintado, un trabajo que, evidentemente, estaba a la altura de sus foráneos competidores. Aunque no soy un amante del cine de Pantaleón, me alegro mucho de su triunfo en esta edición del Festival. El becerro pintado es, sin duda, un buen trabajo y se lo merece.

[El becerro pintado]

Chicago, Gijón, Nueva York, Róterdam y Toronto “avalaban” también al ganador del Richard Leacock al mejor corto canario. Con Montañas ardientes que vomitan fuego, Samuel M. Delgado y Helena Girón continúan en la línea formal de su anterior trabajo (el sorprendente y original Sin Dios ni Santa María) aunque, en mi opinión, el contenido es, en esta ocasión, menos potente. No opinan lo mismo, obviamente, los que le dieron el premio. Y ellos tienen, obviamente, más criterio.

En definitiva —y para concluir— creo que hemos tenido la oportunidad de disfrutar de un buen festival de cine. No entiendo por qué se le sigue negando el “reconocido prestigio”. Y creo hay que agradecer el esfuerzo de los que lo hacen posible, aunque siempre se les puede criticar esto o aquello. Cómo no.